martes, 13 de abril de 2010

Messina despertó del encantamiento natural de los sueños cuando menos deseó hacerlo.
El frío y el agobio del inicio de las tareas diarias abrumaban su cabeza en torbellinos de urgencia y apuro.
Messina vivía sola, pero sus horarios autoimpuestos por sí misma apenas daban lugar a lapsos de ocio o de mínima reflexión personal.
Ducharse, vestirse, desayuno. Ordenar superficialmente, bajar las escaleras, tomar el colectivo.
Uno supondría que Messina estaría obligada a reflexionar mientras el colectivo rodeaba monótonamente las esquinas de la ciudad en su camino al trabajo. Pero no.
Messina entraba en el sopor reflexivo pero siempre salía ni bien entraba. "Tales boludeces no son necesarias". Simplemente sacaba algún reporte o diario y se informaba o trabajaba en su viaje.
Una vez concluida su jornada laboral, Messina se preparó para salir al frío de la tarde. Ya había oscurecido y le urgía la necesidad de llegar rápidamente a su hogar.
Esta vez decidió tomar un taxi al cual subió como un rayo.
El cansancio llegó una vez más a su mente y a su cuerpo apenas se sentó en el taxi. De fondo se escuchaba la radio que el conductor había elegido todas sus jornadas de servicios de transporte.
-Buen día, señorita.
-Buen día-secamente-.Hasta Caseros y Maza por favor.
-Como usted diga.

El silencio se apoderó del vehículo y entre esas dos personas no había nada más en común que el mismo auto y la misma radio.

-¿Usted cree en los sueños señorita?
No sin cierta sorpresa e indignación por semejante pregunta, Messina contesta.
-Sí, por supuesto. Todas las personas tienen al menos tres sueños por noche. Eso no es ninguna novedad para nadie.
El taxista le muestra una mueca burlona por el espejo retrovisor a Messina y ríe.
-Evidentemente usted tiene gran conocimiento con respecto al tema, signorina, pero al parecer ha malinterpretado usted mi pregunta.
-¿Por qué?
-Hace usted demasiadas preguntas, signorina.

Enfadada, Messina decide hacer silencio y no volver a dirigirle la palabra hasta que llegan a la puerta de su casa.

-Sírvase y guarde el cambio. Hasta nunca.
-Gracias por la sinceridad. Que tenga muy dulces sueños.

Messina apenas logró bajar del auto cuando se dio de bruces contra la alfombra de su cuarto, mientras la alarma de su reloj sonaba y la radio de fondo se encendía para dar el informe del tiempo por la mañana.

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